Sí, ya sabemos, quejarse no tiene sentido. ¿Y la vida? Pues,
tampoco. ¿O no conoce acaso a alguien que le dice con aire
sepulcral: “Mi vida ya no tiene sentido“?
Y así, finalmente también usted termina recitando esa frase
como un mantra: Mi vida ya no tiene sentido... Mi vida ya no
tiene sentido... Mi vida ya no tiene sentido...
Veamos qué nos dice sobre esto Robin Kowalski, profesor de
psicología en la Universidad de Clemson, Carolina del Sur,
Estados Unidos:
“Cada uno de nosotros sin excepción se queja llegado el
momento, aunque sea sólo un poco“.
Según Kowalski, hay varias clases de quejosos:
N° 1: El Desahogante
Un tipo básicamente insatisfecho, no interesado en
soluciones, por brillantes que sean. Él, lo que quiere es
desahogarse. Y nada más, ¿no es cierto? Bueno, no sé.
Quizá su queja le sirva como una especie de drenaje del
alma, no sólo a él, sino también a quienes tienen que
escucharlo.
N° 2: Los Pobrecitos
Son los que quieren que se apiaden de ellos, porque, quién
lo duda, lo que le pasa a ellos es MUCHO peor que lo que
nos pasa a nosotros.
N° 3: El Quejoso Crónico
Fíjense qué curioso. En vez de sentirse mejor quejándose de
la mañana a la noche, quizás se sienta peor, lo cual traerá
aún más preocupación y ansiedad.
Según la neurociencia, siempre que pensamos o sentimos
algo o tenemos una sensación física, miles de neuronas
entran en acción formando una verdadera red neural.
Así, cuando pensamos siempre en lo mismo, el cerebro
activará siempre las mismas neuronas.
O sea, cuanto más ponga el acento en la autocrítica, en las
preocupaciones y en la quejumbre, más activará esa parte
del cerebro que lo ayudará a pensar las mismas cosas
negativas una y otra vez.
Por lo tanto, cada vez que se pesque 'in fraganti' pensando
negativamente, diga ¡stop! y cambie el disco, de negativo a
positivo.
Porque la vida es un aprendizaje.
Y eso es bueno.
Y eso es positivo.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen